De venenos y venganza

Publicado: 14 marzo, 2011 en Verso y Prosa

“Esta noche, cuando se disponga a dormir, le llevaré una tisana preparada. Si desconfía y no acepta beberla, me veré obligada a ponerme la bata y descansar mi cabeza junto a la suya sobre la blonda que cubre las almohadas hechas de plumón, de magnolias maceradas y de hebras de helecho.

El fingirá dormir, o yo fingiré dormir, pero es probable que el amanecer encuentre con vida sólo a uno de nosotros.

Tal vez él consiga hacerme el amor, lo que no significa que desista de matarme, quizá con mi propia cabellera, mientras me posee. O durante el sueño, ahogándome con un almohadón para por fin aspirar mi último aliento con su boca.

Sin embargo, estoy decidida a vivir. Este instinto que tengo, que viene, dice mi nodriza, de aquellos mis antepasados que acostumbraban hacer un banquete con el cuerpo del enemigo, es el que me ha permitido burlar tantas acechanzas.

Siendo que prefiero la vida, no le temo a la muerte. Y si llega sin que pueda evitarla, me iré con una sonrisa, sabiendo que si no alcanzo a matarlo por mi mano, mi asesino morirá, de todos modos, por las disposiciones que he urdido.

Hay dos cosas capaces de matar a través del tiempo y el espacio, y éstas son el tósigo y la palabra. No alcanzo a distinguir cuál de ellas es más venenosa, y aunque se piense que el primero es definitivamente mortal (así duerma por largo tiempo en el fondo de un dulce, de una bebida, de un remedio), piénsese en lo que es capaz de lograr una mentira susurrada, un temor fingido, un anónimo que denuncia, una carta extraviada que alguien encontrará no demasiado tarde y que será la perdición del acusado. Porque la víctima no siempre es inocente y rara vez lo es del todo.

A veces juego con la idea de envenenarme y hacer creer que él lo hizo. Su ascendencia no amerita el degüello por garganta, como reza la ley de los hidalgos. Le darían muerte vil, con el garrote.

Éste, mi esposo, me deja ausente de piedad porque, con las palabras de San Agustín, “era yo no sé qué profundidad de abismo sobre la que no había luz.”

Extraído de “El Jardín de los Venenos” de Cristina Bajo

 

Cristina Bajo es una escritora cordobesa a quien admiro mucho. Su prosa es exquisita y tiene la facultad como pocas de transportarte directamente a los lugares que describe, a presenciar los hechos que narra y sobre todo a sentir como propios los sentimientos de sus personajes.

Este extracto que es el inicio de su libro “El jardín de los venenos”, el cual en un comienzo fue publicado como “Sierva de Dios, ama de la muerte”, es realmente cautivante y nos adentra de lleno a las más oscuras motivaciones de su protagonista, Sebastiana, una joven que víctima de las exigencias de una sociedad marcada por apetitos ocultos y una religiosidad severa, decide hacer justicia por mano propia.

Esta novela gótica colonial ambientada en la sociedad de Córdoba de principios de siglo XVIII es una gema literaria que guardo con mucho cariño no sólo por lo tenso y brillante de su trama sino también -y sobre todo- porque lleva una dedicatoria de la autora dirigida a mí, obtenida en una ocasión que visitó la provincia en conmemoración del Día Internacional de la Mujer –que bello recuerdo!!!

Probablemente vuelva a citar a Cristina Bajo con frecuencia ya que muchas de sus historias son pilares de mis “relecturas nocturnas” y merecen ser conocidas y reconocidas por otros lectores que se apasionen por este tipo de prosa, que no sólo cautiva con sus tramas sino también porque da detalles históricos de la sociedad argentina de esa época, otorgándole ese sesgo realista a la historia narrada.

Demás está decir que al leer estas líneas de “El jardín de los venenos” imagino inmediatamente la escena…

A la tenue luz de una candela Sebastiana escribe apresuradamente en su ajado diario como temiendo que alguien la descubra.

Vestida con su amplio camisón y su larga cabellera trenzada a un costado, está sentada frente a una mesa en un rincón del dormitorio en penumbras. Escucha un sonido y se sobresalta, mira hacia la oscuridad pero allí no hay nada. Retoma con más ahínco a escribir…

Enseguida se muestra un plano detalle de su mano escribiendo sobre el papel amarillento mientras su voz en off relata con coraje cómo planea su venganza.

Otro ruido, ahora más fuerte, la distrae y la voz del hombre que más desprecia en la tierra se materializa en la forma de un grito demandante:

–          Sebastiana!!! –ruge la voz

Su respiración se acelera y cuando nerviosa se incorpora de la silla, arroja involuntariamente sobre el escritorio el frasco de tinta que estaba usando.

A continuación, la cámara muestra fuera de foco a la joven acudir al llamado de su temerario esposo mientras enfoca en primer plano la tinta que cae desde el escritorio tal como si fuera sangre negra y espesa que se derrama lentamente.

En tanto, la voz en off de Sebastiana recita “Era yo no sé qué profundidad de abismo sobre la que no había luz…”

Fundido a negro.

Y con estas imágenes que se reproducen en mi mente cada vez que leo estos párrafos comenzaría una adaptación al cine de esta maravillosa novela.

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